Leyenda del Calafate

Dicen que hace muchos años un jefe aonikenk tenía una hija llamada Calafate. La joven se enamoró de un selk’ nam, pueblo con el cual se encontraban en conflicto, por lo que su amor no fue aceptado por sus familias. Los enamorados debían verse a escondidas para sostener su relación, hasta que un día decidieron fugarse.


Pero la pareja fue descubierta y denunciada. El padre de la joven llamó al chamán de la tribu y le ordenó separarlos con un hechizo. Así, el chamán convirtió a la joven en un arbusto lleno de espinas para que el joven no pudiera tocarla.


Sin embargo, el hechicero decidió conservar con flores amarillas el fulgor de los ojos de Calafate y en sus frutos color púrpura la esencia del corazón de la bella aonikenk. Algunos dicen que su amor era tan fuerte que el joven nunca se separó de esta planta y murió a su lado. Otros cuentan que el enamorado la buscó por todo Magallanes, pero que nunca la encontró, por lo que murió de pena. Es por esta leyenda que se cree que todos aquellos que comen el fruto del calafate caen bajo su hechizo –igual que el joven selk’nam– y están destinados a permanecer o regresar a Magallanes, pues quedan embrujados por su encanto. Dicen también que si la persona que come el fruto es extranjera y anda sola, se casará y se quedará en

Patagonia para siempre.


La historia de amor que cuenta la leyenda del calafate es la base del popular dicho regional “el que come calafate ha de volver”, ya que significa que quien prueba este fruto se enamora del lugar donde lo probó y no querrá separarse de él.


Fuente: Simonetti-Grez, G. y Stipicic, G. 2018. Me lo contó un pajarito. Especies nativas de Magallanes y su relación con la cultura. Asociación Kauyeken. Punta Arenas, Chile.